Última columna de la temporada en La Noche despierta, que puedes escuchar pinchando aquí.
Ha sido un privilegio poder estar con vosotros. Muchas gracias, eskerrik asko, búhos y lechuzas.
Aunque últimamente el tiempo está como de colocar el belén, pues estamos con el agua al cuello en todos los sentidos, resulta que ya estamos a las puertas del verano. Se nos viene encima el fin de curso y, con él, el fin de temporada de La Noche Despierta.
Echando la vista atrás, repaso mis columnas y sólo veo que nada ha cambiado en las cuestiones sociales y que, además, los cambios que se han producido han sido mayoritariamente para peor.
Los gerontoninis que describí nada más comenzar la temporada no solo se han convertido en una realidad tangible, sino que han ido en alarmante aumento. Las personas adultas con una vida propia que han tenido que volver a casa de los padres por carecer de recursos propios somos multitud.
Los desahucios, el paro, la carestía de la vida y otros factores contribuyen diariamente a que cada vez seamos todos un poco más insolventes y que tengamos que vivir de la pensión de los jubilados, que al paso que va la cosa, también está en peligro de extinción.
Y la salud cada vez es más cara y con perspectivas de convertirse en privilegio de unos pocos. Continúa el circo sin pan de los políticos al mando, que siguen recurriendo al manido tema de siempre, “socorro los vascos, auxilio, ahora también los catalanes”, para desfocalizar los problemas en los que nos han metido.
Las ayudas a la creación de empleo son pocas e ineficaces, por no entrar en el detalle de las trampas del autoempleo emprendedor que nos tiende el Gobierno con su recurrente neolenguaje, que no hace otra cosa que travestir una realidad desastrosa en algo tan poco inteligible como irreal.
Esperemos que a la vuelta del verano todos podamos decir que se ha acabado, de una vez por todas, las vacaciones forzosas y podamos volver a comentar la pereza que da ir a trabajar los lunes. Eso, o la insurrección.
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